Ya es oficial: al término del presente año, Dani Pedrosa dice adiós a la competición. El de Castellar del Vallés pondrá fin a una trayectoria de 18 temporadas con 33 años y un palmarés al alcance de sólo unos pocos elegidos a lo largo de la historia. Le quedará la espina del título mundial de la categoría reina, pero aun así su adiós dejará huella. MotoGP pierde a uno de los mejores pilotos que han pisado el Campeonato del Mundo en las últimas décadas.


Corría el mes de abril de 2001 cuando Alberto Puig cogía un vuelo a Japón junto a cuatro adolescentes. Literalmente iban rumbo a Suzuka, metafóricamente iban rumbo a lo desconocido. Menos para uno de esos cuatro chavales -Toni Elías-, para los otros tres -Joan Olivé, Raúl Jara y Dani Pedrosa– empezaba una gran aventura, la de su primera temporada en el Campeonato del Mundo de motociclismo.

Elías, Olivé y Pedrosa formaban parte del Movistar Junior Team, mientras que a Raúl Jara le encontraron un merecido acomodo para disputar aquella temporada en las filas del LCR de 125cc. El asiento de Pedrosa tenía que haber sido para él, ya que acabó por delante de Dani el año anterior en el CEV, pero aquel chaval de Castellar del Vallés que aún lucía brackets tenía algo especial, y Alberto Puig apostaba ciegamente por él.

Dani encontró su primera gran oportunidad en aquella Movistar Activa Joven Cup promovida por Dorna y dirigida por Puig. Le faltaba poco para llegar a la edad mínima que le permitiera participar en las pruebas de selección, pero se ganó la confianza de Puig para hacerlo. No quedó entre los tres primeros de aquella competición, pero Alberto le subió al CEV; no fue ni el primero ni el segundo del equipo en el CEV, pero Puig también apostó por él para subir al Mundial junto Olivé y cerrar el tridente con Elías, que ya el año anterior se había fogueado en el Mundial con otro equipo. Se saltó las normas tres veces con Dani.

Puig, su mentor y valedor, vio desde el primer momento un talento innato en Pedrosa y el tiempo le dio la razón en todas y cada una de sus apuestas. Aquel menudo #26 que se estrenó en el Mundial de 125cc con sólo 15 años sacó de la chistera sus primeros destellos ya desde su debut. Se fue acercando paulatinamente al podio durante la temporada hasta que lo logró en Valencia y lo repitió dos semanas después en Motegi. Fue octavo en aquella primera temporada y dejó constancia de que podría dar mucho que hablar en el futuro.

De cara a 2002, en su segundo curso, Pedrosa se convirtió en el jefe de filas de su equipo. Elías, que había peleado por el título el año anterior, promocionó a 250cc, y en la estructura de Puig se quedaron Pedrosa y Olivé. La progresión del pequeño piloto vallesano era ya imparable. Subió al podio en nueve ocasiones, tuvo opciones de título hasta la penúltima carrera y obtuvo tres victorias; para recordar, cómo no, la primera, una auténtica exhibición en Assen que llevaba su sello: salir, marcharse y ganar. Lo repetiría muchas veces durante su carrera deportiva.

Sin prisa pero sin pausa, y muy bien asesorado por Puig, Pedrosa se quedó en 125cc para cumplir que ‘a la tercera va la vencida’. Era su año. Tenía más madurez y muchos más argumentos que sus rivales para ganar el campeonato, e incluso derrocó a un experimentado Stefano Perugini que le sacaba nada menos que 11 años y con el que tuvo sus más y sus menos. Por allí también pululaban otros notables pilotos de la misma generación de Dani: Casey Stoner, Jorge Lorenzo, Andrea Dovizioso, Héctor Barberá, Alex De Angelis

En aquel 2003 logró cinco victorias que le catapultaron hacia su primer título mundial. Dani rompía una sequía de cuatro años para España y, lo más importante, dejaba claro que atesoraba un futuro brillante por delante a sus 18 años recién cumplidos.

Un chaval de otra pasta que fue ídolo nacional


Le esperaba 250cc, pero antes de ello se dio de bruces contra el peor compañero de viaje que ha tenido durante toda su trayectoria: las lesiones. En Phillip Island se fracturó los dos tobillos y se pasó las dos últimas citas de su año glorioso viendo las carreras por televisión y ayudándose de muletas para caminar.

Si ya el desafío de subir al “cuarto de litro” era contundente, hacerlo sin apenas pretemporada y tras haber superado una grave lesión multiplicaban la dificultad. Se plantó en la parrilla de 250cc en Welkom (Sudáfrica) en la cuarta posición, aguantó el ritmo de De Puniet durante toda la carrera y le superó en un sensacional adelantamiento en la última curva. El golpe encima de la mesa fue tan fuerte que nadie supo contrarrestarlo ya en toda la temporada. Firmó 12+1 podios, ganó siete carreras y se proclamó campeón sin discusión con una carrera de antelación; precisamente, lo certificó en Phillip Island, donde se había destrozado los pies un año antes. Por si a alguien le quedaban dudas, había nacido una estrella.

Se quedó en 250cc y cambió el #26 por el #1. Muchos imaginaban -o imaginábamos, más bien- que ese dorsal iría ligado a Pedrosa en varias ocasiones más que en aquel 2005, pero esa fue la última. En ese segundo año en el “cuarto de litro” se reencontró con Stoner, Dovizioso, Lorenzo y Barberá, quienes le pusieron las cosas bastante difíciles. Sobre todo el australiano, que en la segunda mitad de temporada se convirtió en una fuerte amenaza de cara a revalidar la corona. Pero Dani, que ganó ocho carreras, volvió a hacer los deberes en Phillip Island con una de las victorias más dulces de su carrera. Unas semanas antes se había fracturado el húmero en Japón y, pese a que esto no le hizo perderse ninguna carrera, sí que le llegó a poner contra las cuerdas.

Pudo con Stoner y también con un Lorenzo novato en el “dos y medio”, junto a quien instauró una rivalidad que hizo recordar a aquella de Sito Pons y Joan Garriga. Pero Dani en esos momentos estaba uno o dos peldaños por encima del resto. En España era el arquetipo de un deportista perfecto. Con sólo 20 años era tres veces Campeón del Mundo y todo un referente nacional; su nombre se asociaba al éxito y su imagen a una gran marca como Movistar.

Su salto a MotoGP estaba cantado y llegó en el equipo por el que todo piloto sueña con pasar alguna vez en la vida: el Repsol Honda. Llegaría allí denominado por muchos como el ‘anti-Rossi’; el italiano había ganado los cinco títulos anteriores de forma consecutiva y todo el mundo apuntaba hacia Dani como ese piloto especial capaz de destronar al de Tavullia. Desembarcaba en la categoría reina con las tres rosas de 2003, 2004 y 2005, pero se marchará 13 temporadas después acompañándolas de una espina.

Lo que pudo ser y no fue


La fuerza con la que Dani Pedrosa aterrizó en MotoGP hacía presagiar que algún día sería Campeón del Mundo; la única incógnita era saber cuándo. Sin embargo, en el momento en el que cuelgue el mono después del GP de Valencia 2018, ni el qué ni el cuándo habrán llegado a encontrarse por ese largo camino.

Si alguien hubiera apostado por eso allá por 2006, quizá le hubieran tildado de loco. Pedrosa era en ese momento ‘El elegido’, por encima de Stoner, por encima de Lorenzo y por encima de Dovizioso, los otros ases de su generación. Un tal Marc Márquez Alentà no tenía más que 13 años en ese momento y ni siquiera había dado el salto al CEV.

Sería muy desafortunado apuntar a una sola razón como la culpable de que uno de los mejores pilotos que han pasado por la era MotoGP se vaya sin ser campeón: ni las lesiones, ni los rivales, ni las ‘vacas flacas’ de Honda durante algunos años, ni la mala suerte en momentos puntuales han sido determinantes por sí solas. Pero la confluencia de todos estos aspectos es la que ha separado al #26 de tener lo que por talento, medios y capacidad de superación tendría que tener en su palmarés.

Lo que ha peleado Pedrosa por su objetivo es algo que nadie tiene potestad de cuestionar; sus lesiones en 10 de las 13 temporadas en las que ha formado parte de la parrilla de MotoGP hablan por sí solas. En seis de ellas tuvo que perderse al menos una carrera y ha acumulado en todos estos años más pasos por el quirófano -14 desde que corre en MotoGP- y más ausencias en carreras -14- que cursos -13-.

Dicho lo cual, en estas 13 temporadas siempre ha habido al menos un piloto mejor que él y que ha merecido más el título. De lo contrario, estaríamos quitando méritos a alguno de los justos campeones que ha habido en MotoGP desde 2006 hasta 2018. Son muchos los factores que intervienen en una línea muy fina, la que a veces separa al éxito de la derrota, una serie de factores que en el caso de Pedrosa nunca acabaron de juntarse en pos del título de la categoría reina. Se quedó en el segundo peldaño en 2007, 2010 y 2012. La espina clavada, la historia de lo que pudo ser y no fue.

El adiós del ‘Samurái’


Aquel niño que debutó en Suzuka en 2001, que ganó por primera vez en Assen en 2002, que nos enterneció a todos con aquel anuncio del “Cola-Cao” después de un primer título que celebró entre lágrimas. Aquel chaval que alcanzó la veintena sumando un pleno de campeonatos en 250cc. Aquel joven que llegó a MotoGP en 2006 con poco más de 20 años y un futuro excesivamente prometedor. Aquel hombre que ha demostrado en infinidad de ocasiones una capacidad tremenda para superar adversidades. Aquel piloto que lleva 17 temporadas seguidas ganando carreras y sumando podios, y más de media vida compitiendo en el Mundial, ha decidido que es el momento de dejarlo, que estos cuatro meses y 11 carreras serán los que pongan el punto y final a su trayectoria.

Lo ha intentado todo, casi a la desesperada. Ha hecho grandes cambios en su entorno como fue la marcha de Puig al final de 2013, el intento fallido con una agencia de representación con la que sólo trabajó un año o los dos cambios de jefe de mecánicos -de Mike Leitner a Ramón Aurín, y de Aurín a Giacomo Guidotti-. Se ha rodeado de gente de plena confianza como Edu Villodre y Sete Gibernau, y este año ha hecho una de las mejores pretemporadas de su vida.

Pero las cosas no han salido, ni dentro ni fuera de la pista: otro paso por el quirófano después de que le tirasen en Argentina, otra lesión en la cadera tras un desafortunado lance en Jerez, fines de semana pésimos como los de Mugello o Assen, la no renovación de Honda tras 18 años juntos y después de que la marca japonesa barajase muchos nombres antes que el suyo, un escaso bagaje de 41 puntos tras ocho carreras y un proyecto salvavidas con el SIC Yamaha -que apareció cuando ya no había otras opciones- que no le ha acabado de convencer. Todo ello ha acabado desembocando en la decisión más difícil que siempre toma un deportista de élite, que es la de dejarlo. En su caso, con honestidad y explicando que ya no vive las carreras con la misma intensidad que antes.

Lo ha anunciado en Sachsenring, ocupando él solo la mesa de la sala de conferencias y enfrente de su familia, de Carmelo Ezpeleta, de una enorme cantidad de medios y de gente del paddock, un paddock que el año que viene no tendrá a ese piloto de 1’58 de estatura que se hacía grande sobre una moto de 157 kg. Dani Pedrosa se retira con tres rosas y una espina, y con al menos 54 victorias, 49 poles, 153 podios y 64 vueltas rápidas; inmensamente más de lo que hubiera imaginado alguien aquel día de abril de 2001 cuando despegó un avión rumbo a Suzuka, rumbo a lo desconocido. Paradójicamente, la historia de todo ‘Samurái’ suele comenzar en Japón. Esta acabará en Valencia, donde se marchará una de las grandes figuras de la historia de MotoGP tras ser nombrado como Leyenda.